DE SOLDADO
Á MINISTRO
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P$ Soldado á MiQistro
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Tip. Kl tojo— Caracas
DE SOLDADO A MINISTRO
nda por ahí en discusiones la ge-
nuina procedencia política del ven-
cedor en Churuguara.
Nosotros, á fuer de amigos suyos,
queremos demostrar, con hechos in-
controvertibles por severamente his-
tóricos, que el General Antonio Fernández no sólo
profesa las doctrinas del más avanzado liberalis-
mo, sino que es de extracción legítima, netamen-
te amarilla ; que fue de los que combatió en días
luctuosos para la Patria á favor del credo predicado
por Guzmán, Lander y Rendón y que, grado á gra-
do, logró conquistar un nombre á la sombra del pa-
bellón que ondea victorioso en las almenas del Capi-
tolio Federal.
Nuestras consideraciones y esclarecimientos no
ceden á entusiasmos de sectario, los cuales adole-
cen á menudo de parcialidad ; tan sólo oblíganos el
deseo de desvanecer un error que, por varios moti-
vos, da margen á dudas ó contenciones sobre una
personalidad por todas sus faces meritoria.
Y aprovechamos la propicia oportunidad para
echar á vuelo las ideas que nos sugiere el hombre
esforzado y perseverante que ha logrado ascender
desde la ínfima condición de soldado raso á la altu-
ra donde se asientan los prohombres de la República.
Dos graves cuestiones se agitan actualmente en
Venezuela : la cuestión política y la cuestión econó-
mica.
Para resolver la primera se hace necesario un
cambio radical: reconstitución política de facto, ya que
sería imposible en el nombre, bajo la base de una so-
beranía militar distributiva seccional, respetuosa y or-
denada, para que, en casos fortuitos, no ha} r a necesi-
dad de acudir á medios extraordinarios, tales como
el de las circunscripciones ; centralizando el radio ope-
rador del Gobierno hasta el punto de ahogar, en su
estado embrionario, toda tendencia hostil á la buena
y regular marcha del tren administrativo.
Es este el único procedimiento salvador que con-
ducirá á Venezuela á la suspirada felicidad; al goce
de la paz perdurable á cuyo amparo se desarrollan
los grandes veneros de la riqueza territorial y, consi-
guientemente, al advenimiento de la era próspera
y feliz.
El Gobierno se rodeará de esas espadas que sólo
dejan la funda para cumplir un deber; formará ague-
rrido ejército con carrera establecida; despertará, por
medio de la acción disciplinaria y del emulador estí-
mulo, el moribundo honor militar; matará el favori-
tismo y seguirá impertérrito, sobre base inconmovi-
ble, regando semillero de beneficios en el seno de las
satisfechas muchedumbres.
Para la segunda; para que la Hacienda llegue á
la holgura bastará el restablecimiento de la confian-
za pública : que cada cual busque en el trabajo galar-
dón á sus fatigas, sin preocupaciones ni temores; que
cada cual vea en el Gobierno, no el poderoso pulpo
estrangulador del trabajo acumulado, el cual, como
contribución directa del pueblo, tan sólo á él pertene-
ce, sino grupo de mandatarios fieles, de administra-
dores que, patrióticamente, ofrenden el óbolo de luz
de sus inteligencias para el engrandecimiento de este
pedazo de mundo infeliz, tantas veces vilipendiado.
Hay que ordenar la Hacienda. Hay que crear el
ejército permanente. Esto es lo que precisa.
Si se estudia el costo de las revoluciones y mo-
vimientos aislados probables, de conformidad con la
cifra que arroja la Estadística (*) y se le compara con
(*) La existencia de los ejércitos permanentes está justi-
ficada por la precisión y el deber en que están los Estados
de hacer respetar á todos, y en todo tiempo y circunstancias,
sus derechos, su dignidad y su independencia ; de mantener
el orden social, reprimir disturbios interiores y contener las
malas pasiones, y de dar á cuantos han de servir á su patria
con las armas en la mano la instrucción necesaria.
Un escritor militar dice más ó menos lo que sigue : Si
los Estados Unidos hubieran tenido un ejército permanente,
es probable que la revolución sudista no hubiera tenido lugar.
El principio de un ejército permanente ha subsistido desde
la guerra de independencia. Al empezarse la última guerra
contaba con un ejército de 14.000 hombres. Se alzan los 35.000
el presupuesto de un pie de ejército bien equipado y
mantenido, inclusas escuelas y jubilaciones, resultará
un exceso á favor de aquellas ; sin contar que una sola
revolución retrasa el desenvolvimiento del progreso
federados ; estos fueron completamente destruidos, pero ate-
rrado el Congreso decretó el armamento de 500.000 hombres.
Esta guerra costó á los Estados Unidos 400.000.000 de dollars.
El costo de un ejército muy bien equipado puede calcularse
en un millón anual por cada mil hombres.
Venezuela en 1894 según la Estadística tenía un pie de
ejército de 6.000 hombres y según el presupuesto de Guerra
y Marina gastó B. 13.000.000.
Un ejército permanente de 10.000 hombres costaría en
Venezuela B. 10.000.000 al año, en cuatro años B. 40.000.000.
Ahora bien, la Revolución Legalista cos-
tó en deuda ostensible B 7.000.000
Indemnizaciones á los caudillos triun-
fadores 1.000.000
Gastos en el Gobierno de Andueza Pa-
lacio 7.000.000
Pérdida de propiedades, paralización de
la agricultura, comercio, industrias, reclama-
ciones extranjeras, etc., etc., calculables en... 10.000.000
Total B 25.000.000
Costo del aumento del ejército en cuatro
años: 4.000 hombres á B. 4.000.000 B 16.000.000
Sobrante,, B 9.000.000
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paralizando los brazos, á los cuales debemos los gran-
des productos abastecedores.
Los hombres de trabajo sólo piden orden y ga-
rantías.
No es posible que una Nación esté sujeta á sufrir
por el antojo del primer aventurero que se lance á
los montes enarbolando tal ó cual bandera ó procla-
mando tal ó cual principio.
No es aceptable que Gobiernos constituidos es-
tén á merced de cualquier decepcionado que, so co-
lor de apóstol, sugestione á unos cuantos ilusos y pro-
duzca conmoción en todo nuestro extenso territorio.
No, respeto ha de tenerse al Gobierno. Y este
respeto se obtendrá procediendo en justicia, y garan-
tizando enérgicamente los intereses ciudadanos.
"La peor de las monarquías — dijo Favonio á
Bruto — es preferible á la guerra civil."
Pues á acabar con ella. ¡Que la sangre derrama-
da en 1898 sea la última de nuestras luchas intes-
tinas !
Afortunadamente ha sonado ya la hora de reden-
ción.
Es con Andrade que llegaremos al anhelado fin.
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En su programa están vigentes sus promesas. El
sabrá cumplirlas.
Andrade está comprometido social y política-
mente á ello, pero sobre todo confiemos en su patrio-
tismo. El le impulsará á hacer el bien procomunal.
Energía y actividad son preciosas cualidades. El
las tiene. Su probidad es bien conocida. Y es digno,
como que estima sus abolengos, como que sabe ve-
nerar su preclaro nombre ilustrado por libertadores.
Ahora bien, para llevar á cabo tan bella obra es
menester de la eficaz ayuda de los hombres que, co-
mo él, amamos la tierra que nos vio nacer. Todos
debemos coadyuvar; todos estamos en la obligación
de secundarlo.
Entre los que en toda emergencia habrán de
acompañarle ; entre los que ofrecerán toda la fuerza
de sus brazos para el sostenimiento del hermoso edi-
ficio de la Reparación Nacional ; entre sus amigos
más adictos, más leales y más decididos, descuella
la simpática figura del General Antonio Fernández.
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¿Quién es Antonio Fernández?
Un carácter.
Un hombre que sin más ayuda que su esfuerzo,
ni otra credencial que su brillante espada, se ha co-
locado en la vanguardia del militarismo venezolano.
En su rostro, atezado por el humo de mil com-
bates, brillan dos negras pupilas reveladoras de rara
inteligencia ; si no de esas que baten el vuelo y van
á posarse en girón de blanca nube, la suya tiene la
consolidación de la experiencia, y está educada á la
temperancia de una vida vicisitudinaria, de mil con-
tratiempos, triunfos, fatigas y decepciones.
Naturaleza privilegiada, es al bien propicia. Por
su sangre no corre una gota de hiél.
Se inclina ante la justicia y odia el dolo.
Llano, con llaneza de justo, jamás hace ostenta-
ción de su poder.
De igual manera se le ve platicar con el obrero
sobre las necesidades populares, como discutir con el
magnate las abstrusas combinaciones del Estado.
Caritativo, su mano se abre generosa al necesi-
tado.
Venera la amistad ; un amigo es sagrado para él.
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Partidario, mientras en su pecho quede un soplo
de vida la bandera de sus afectos dará al aire sus mo-
vibles ondas.
Los hombres que, como él, no se pertenecen,
porque son los escogidos de la Patria, deben, en to-
das circunstancias, mantener el crédito de su pa-